Mirar por una ventana, desde afuera hacia adentro, pero hasta ahí. Me gusta mirar hasta delinear una silueta, una situación, un decorado. Pero no más allá. Cuando algo tomó forma en mi cabeza, abandono la mirada y sigo como si no me hubiese inmiscuido en lo más mínimo dentro de ese mundo que hay ahí adentro. Porque seguir mirando supone que ese mundo imponga los destinos que si no, imagino yo. Y ahí está el placer. Lo disfrutable no es terminar de ver todo. Lo que disfruto es la historia que armo a partir de esos rasgos.
Todo empieza con la sensación que esa efímera escena me despierta. Y de ahí en más –mi ánimo juega su propia partida, no puedo negarlo- todo puede terminar en dramas pasionales, situaciones de lo más cotidianas e intrascendentes y hasta en episodios desopilantes. Pero qué maravillosa es esa sensación de inventar esa historia con todos los detalles que la hagan creíble, hasta terminar alegrándome o entristeciéndome con los destinos de esos afortunados o pobres personajes.
Es más, hay calles que frecuento a diario, con ventanas que tienen su historia en capítulos, con sus idas y venidas, golpes de suerte y sucesos desafortunados. En cambio, hay ventanas que prefiero evitar volver a mirar, para no tener que continuar con una historia que me incomoda o me enfurece de impotencia por no poder cambiarla.
Ahora, mis preferidas son, sin dudas, esas ventanas de casonas viejas, que suelen estar cubiertas desde cierta altura hacia abajo con un paño fijo y que les permite a los que ahí adentro delinean sus propias historias, evitar que curiosos se metan en la vida ajena –porque siempre hay algún curioso-. Son esas que dejan ver sólo alguna que otra cabeza, o una nuca, o ventiladores de techo y las partes superiores de algún cuadro.
Esas ventanas me fascinan. Parecen hechas a medida para establecer esa especie de acuerdo tácito entre nosotros. Para que ellos puedan vivir sus propias vidas, y yo hacerles vivir la que imagino que viven.
(
Suscribirse a:
Entradas (Atom)